alguna vez estuve sin psicólogo

Recuerdo cuando por primera vez decidí dejar de ir al psicólogo, lo odié y amé por partes casi idénticas. Recuerdo que yo le había pedido a mi psicóloga que por favor me tratase en privado, ya que era lo que yo necesitaba en ese momento más que nunca para poder liberarme del peso que, en ese caso, los crímenes contra mi me causaban. 
Pero ella estaba emocionada con la segunda ronda de grupos en la que participaba y no le importaba en absoluto lo que yo necesitaba, pues no iba a hablar delante de otros 10 adolescentes, todos menores que yo, los crímenes que mi padre había compartido en mi contra. 
Ya estaba en un colegio nuevo, en una casa nueva y tenía un amigo nuevo que me había ayudado a abrirme hacia lo que  yo necesitaba. 
Mi psicóloga me acosó por un tiempo, llamándome mañana y tarde para pedirme o recordarme que teníamos sesión el siguiente lunes y que debía ir por mi bien y el del grupo.
Mi madre no me quería llevar por que me quedaba lejos de la casa y más lejos del instituto en el que estaba, así que cada vez pretendía mandarme en un bus que ni siquiera sabía o quería coger. 
Así que un día accedí a ir un viernes. En la hora de educación física, ese día debía marcharme y le escribí a mi madre que no quería ir, que no me daba tiempo, que no me ayudaría... Todo del brazo de mi actual (en ese momento) mejor amigo, que rogaba que no faltase, que ya volvería mi oportunidad. Que me quedase con el en ese momento. 
Y así lo hice, falté ese viernes al psicólogo, que no me volvió a llamar, y yo no volví a ir. 
Al tiempo de esto, tuve que empezar a ir a un nuevo psicólogo, pero estamos aquí para hablar del tiempo en el que no lo tuve. 
Poco después de dejar de ir a aquel horrible sitio de grupos aleatorizados de chavales con problemas demasiado distintos para entenderse, mi amigo desapareció poco a poco de la faz de la tierra, dejándome completamente a solas contra un mundo que yo temía no saber controlar, acabando en lo cierto.
Dejé de manejar por absoluto mis emociones y dejé de escribir, y de sonreír, escondiéndome a menudo en el baño para crearme pequeñas heridas escarlata y llorar a solas y en silencio, cosa que llamó demasiado la atención de mi orientadora y de un grupo de chavalitas más jóvenes que yo con complejo de salvadoras a las que nunca me dirigí en persona.
Creo que nunca dejé de necesitar un psicólogo en mi vida, creo que el que conseguí en la pandemia fue todo un fracaso, que nunca se preocupó por mi. Al tiempo de que yo empezase a ignorarlo, volvieron a derivarme a él, por desgracia, solo fui una sesión. Hasta ahora no ha vuelto a llamarme.
Ahora me arrepiento de haber dejado temporalmente ese tipo de ayuda, debí haberla buscado en los lugares correctos y gritar y llorar por ella. Es más, expresar lo que siento me cuesta mucho hoy en día, tan adulta como soy, por que me lo guardé demasiado tiempo, me lo guardé demasiado dentro y ahora me hace un nudo en el estómago que me pica y no me lo sé rascar. 
Las cosas del pasado que no hablé en el momento perfecto se acumularon y las olvidé, pero no olvidé lo que estas me hacían sentir. 
Supongo que es una nueva cagada, como una más en mi vida, no me importa...

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