Debería estar estudiando pero algo en mi cuerpo me dice que debo estar escribiendo esto, es como una sensación que atrapa todo aquello que debería ser y lo convierte en lo que realmente mi cuerpo desea.
Algunos tenemos un mote innombrable, algo que hace que te hinches tanto al escucharlo que los recuerdos pueden sobre tu mente y colapsas sin saber como actuar a continuación, quizá el mote es como lo que no esperas que pase, te deja tieso.
El mío me lo puso mi padre hace muchos años, cuando era pequeño ese mote protagonizaba mis sonrisas, él hablaba a veces en tonos relajados. Cuando estaba de buen humor él me tomaba de la mano y me daba mosto, aquel zumo que me daban en buenos momentos y ya no puedo beber por que provoca en mi una repugnancia mayor a pesar de la apetencia que este también me produce. Cuando era aquel infante y tomaba esa bebida de los dioses no sabía decir bien su nombre. Lo decía mal, decía mostro, que es monstruo en mi idioma.
Mi padre lo tomo como mote habitual cuando me frotaba la cabeza. Cuando me hacía cosquillas en la panza y me llevaba a visitar a sus amigos para que estos me dijeran lo precioso que lucía cada vez que me veían.
Ya no quiero escucharlo, ni que él me frote la cabeza nunca más, ni verlo, ni siquiera beber aquella refrescante bebida.
No se que es de él ni de su vida y no me importa, pero no quiero escuchar nada que se parezca a aquello que viví con el en algún momento.
Algunos tenemos un mote innombrable, algo que hace que te hinches tanto al escucharlo que los recuerdos pueden sobre tu mente y colapsas sin saber como actuar a continuación, quizá el mote es como lo que no esperas que pase, te deja tieso.
El mío me lo puso mi padre hace muchos años, cuando era pequeño ese mote protagonizaba mis sonrisas, él hablaba a veces en tonos relajados. Cuando estaba de buen humor él me tomaba de la mano y me daba mosto, aquel zumo que me daban en buenos momentos y ya no puedo beber por que provoca en mi una repugnancia mayor a pesar de la apetencia que este también me produce. Cuando era aquel infante y tomaba esa bebida de los dioses no sabía decir bien su nombre. Lo decía mal, decía mostro, que es monstruo en mi idioma.
Mi padre lo tomo como mote habitual cuando me frotaba la cabeza. Cuando me hacía cosquillas en la panza y me llevaba a visitar a sus amigos para que estos me dijeran lo precioso que lucía cada vez que me veían.
Ya no quiero escucharlo, ni que él me frote la cabeza nunca más, ni verlo, ni siquiera beber aquella refrescante bebida.
No se que es de él ni de su vida y no me importa, pero no quiero escuchar nada que se parezca a aquello que viví con el en algún momento.
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