gusto por el dolor

Esta tarde me he hecho un piercing, la verdad ya me había hecho uno exactamente igual en un sitio de exacto tejido pero este dolió tanto que comencé a llorar. 
Y lloré con ganas, con ganas de que ese agujero delimitase mi existencia y recrease algo mejor.
Con ganas de que de alguna manera ese piercing acabase con la existencia de mierda que llevo, con mis adicciones estúpidas y con el no poder contar nada por qué creo que yo misma lo invento o lo exagero para poder llamar la atención que se que me falta.
Con todas las ganas de tener suficiente tiempo y dinero para que mi nueva y única adicción fuesen los piercings y los tatuajes. 
Todo eso y más es lo que la mayoría de las veces te lleva a cortarte, pero lo escondes por que es muchas cosas a la vez: es el castigo a ti mismo por ser estúpido y haberte cortado otras veces y haberte dejado influir e incluso por los errores del pasado. También es el premio que necesitas cuando arrastras tanto dolor en el corazón que el ardor que el acto causa que se te devuelve a la realidad y te alivia. Por último es un recordatorio de lo mal que lo estás pasando y de que eres débil.
Trae más beneficios que desgracias y por lo cual desarrollas casi sin querer un gusto por la sensación tan grande que la primera vez ya has caído en un pozo muy profundo. 
La sensación va por fases, al principio sientes miedo a que te duela demasiado, después empiezas y no sientes nada y el suave contento del dolor va apareciendo poco a poco hasta que decides que ya no va a ir a más dolor y paras de hacerte rayitas. Al terminar sangra y cuando se seca, escuece. 
Sin querer decirlo acepto que lo tengo hecho por estética, pues me gusta como se ve mi piel arañada por alguna razón y he llegado a tener los brazos y los muslos llenos. 


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