sensaciones

Cada día las cosas cambian, las cosas duelen más o menos dependiendo mucho del ambiente que se pueda dar.
Para saber mejor hay que entender que en mi casa todo y todos somos tan bipolares como el ambiente. Yo la que más, pero en secreto.
Mis psicólogos siguen llamando en vano, esperando mejoras en mi, o más bien sin esperar nada, pero yo sigo igual.
Mi orientadora llama haciendo que yo conteste con desgana esperando mejoras que le hago creer que existen. Ella lo cree.
A veces me digno a hacer quedar mi presencia en las webs donde los profesores captan si existo, así saben "que todo va bien"
Lo que no saben es que todo va mal, nada de lo que me gusta un día me gusta al siguiente o peor. Más bien mucho peor.
Respiro por que dejar de hacerlo sería una tortura.
No dudo que cuando algo va bien en mi vida es por el hecho de que no va a durar, ni lo más mínimo.
Nadie que me conozca lee esto, o si lo hace, no sabe que soy yo.
Nadie sabe quien soy yo.
Nadie sabe que hago.
Nadie sabe que tras todos los litros derramados de indecentes lágrimas, que no tienen sentido para la ciencia, se encuentra esta adolescente, contando esto, esa que casi siempre sonríe y si no lo hace es por que no está en la vida.
No entiendo la razón de haberme esforzado tanto siempre para luego saber que mi vida es una mentira, que mi exterior es una fachada, una máscara rota que enseña solo la mitad inferior de mi cara, donde se agrupan las sonrisas, aún mojadas de mis dolores secretos.
HOLA, todo va mal, siempre lo ha ido, pero hace relativamente poco que dejé de esconderlo, de esconder una parte.
Recuerdo que con quince años me regalaron el libro "chica de quince, encantadora pero loca" pensé que me describía perfectamente. Un dato falso.
Describía a una chica con una vida medio normal, un aspecto medio normal y unas amigas geniales, ah sí, y sentido del humor.
No tengo nada de eso, solo tenía los quince.
De todas formas me gustó, como me gusta leer de todo.
Pido ayuda que no me dan. Me ofrecen ayuda que no quiero.
Odio a mi psicólogo, es un señor mayor sin el menor interés en mi, apenas me llama y lo que me pregunta es como van mis rutinas, a pesar de expresar que no tengo. Lo odio con mi vida, lo quiero olvidar, no se me permite.
Quiero una psicología que me haga preguntas, que indagué en mi, que se preocupe de lo que me pasa y, después de eso, me diga que coño tengo.
No pido mucho, solo que haga su trabajo.
Pero todo se desmorona y nadie lo reconstruye. Me autodestruyo, y me gusta saberlo y seguir. Me gusta buscar razones por las que romperme más y cuando estoy al borde de que mis trozos se desparramen, me lo impiden, cosa que no me gusta.
Cuando lo paso mal, me siguen dolores de cabeza, la ansiedad me aprieta, pero evito los ataques. Cuando realmente estoy deprimida, lo único que quiero es dormir, dormir hasta morir, dormir como si no hubiese un luego. Tampoco me lo permiten.
No me permiten nada.
A nadie le permiten nada en esta cárcel. Corrijo, preferiría estar en la cárcel, preferiría estar en cualquier otro sitio, y no por la cuarentena, llevo queriéndolo desde que me regalaron el libro y vi que la vida que yo llevaba no era normal. No era nada, ni era buena.
Quiero escapar, pero ¿A donde ir?

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