Hace poco vino mi hermano a mi cuarto, es un tonto y me hace reír un poco, aunque normalmente tenga ganas de matarlo.
La verdad, no venía a hablar de mi hermano un par de años menor que yo.
Y aunque tenga un dolor dental insufrible e inalcanzable a explicar, tampoco.
Venía por una idea recurrente, algo que parece una tontería, pero que me inspira mucha curiosidad.
Son tiempos difíciles. A veces ardo el ganas de tomar en mi mano un lápiz, boli, rotulador o lo que sea y escribir una palabra cualquiera, algo que se me pase por la cabeza, en letra pequeña y cuidada sobre la pared. Una y otra y otra vez. Hasta llenarla. Una y las cuatro. Y recordar. Leer recordando cada letra, pero sin borrar, solo buscando un espacio que tras años parezca haber desaparecido.
Invisible, en tornas, quizá. El deseo se acaba y apaga su brillante fulgor cuando a mi mente llega el recuerdo de la pared, que aún encerrándome, no es mía.
Pese a que en ella ya pegué ciertas decoraciones, es simple celo, pese también que en ella hay agujeros, solo que no los hice yo.
El deseo de llenar las paredes de palabras, de frases. De citas de los cientos de libros que han pasado por mis manos, frases traducidas de canciones, frases mías y palabras sueltas.
Pero no puedo hasta que las paredes sean de mi propiedad. Como siempre mi madre promete cosas y prometió que este verano tendremos una bonita casa allá lejos en el campo, que mi habitación será mía y que podré decorarla a mi manera, que tendremos jardín y que todas las tardes se nos llevará a la piscina casera que poseeríamos. Ni me lo creo, ni me lo quiero creer. Es decir, el verano es una estación horrible y mi madre una redomada ilusionista. Te hace creer muchas, infinitas cosas y luego, al final, algo en ella misma falla y la cortina de humo se quita para que puedas recibir la bofetada de la realidad.
Como digo yo, pide mucho: quiere una casa de cinco habitaciones y dos baños, con cocina moderna, jardín detrás, garaje, desván, gas con bombona de once litros, que no haya mucho que reformar, pero que pueda cambiarla a su gusto, por menos de cien mil euros y cerca de la población para hacer las compras a diez minutos de casa, pero lejos para que no pueda oír a los coches ni a la gente. Quiere un castillo en una isla y por un euro. Siempre se lo digo. Aquí donde vivimos jamás se ajustará a lo que quiere, nunca se asentará. Si no calculo mal, en estos menos de dieciocho años de mi vida he habitado en más de ocho pisos en un radio de ocho km los unos de los otros. Y he ido a igual número de colegios. Además de haber visto rechazadas al rededor de ciento cincuenta casas y pisos.
Es una inconformista. Es una maniática, es una loca. Y sus hijos estamos siguiendo su rumbo, un rumbo tan mal trazado que dudo que ninguno de nosotros salga derecho de él, y si salimos, será lo mejor que nos podría pasar.
Suerte tienen las personas que conozco que de lo que se quejan es de estar castigadas sin algo una o quizá dos semanas.
Por eso me asquean la mayoría de las telebasuras del día. Todas van de familias o ricas o acomodadas o ambas cosas y sus aventuras solucionadas en un abrazo. Y yo muriendo del asco contando que estuvimos de septiembre a febrero en la casa de la calle de abajo, en marzo estaba aquí asentada, llega la cuarentena y mi madre busca casas para que al terminas junio podamos empezar una nueva mudanza. No sé para que desempaco mis cosas.
Ni sé para que decoro mi cuarto, ni hago amigos. Lo único bueno es que aprendí a no aferrarme a mi entorno, no encarnar amistades, no acomodarme en un cuarto y no enfadar a los profesores hasta tener por seguro que nos mudamos.
Manual de la vida.
Dicen que los niños con las infancias más rotas son los más artistas, de los cuatro hermanos que somos, al pequeño le van a a caer muchas, a la pequeña le esperan algunas, al mayor ninguna por que siempre logra escabullirse y a mi... Yo ya me las comí todas... ¿Soy artista ya?
No me veo de artista, ni me noto inspirada.
Lo que espero, no como los privilegiados, es llegar a los diecinueve bajo un techo.
No se que esperáis los lectores.
NO tengo tiempo de bobadas adolescentes, ni amor, ni fiesta. Solo futuro.
La verdad, no venía a hablar de mi hermano un par de años menor que yo.
Y aunque tenga un dolor dental insufrible e inalcanzable a explicar, tampoco.
Venía por una idea recurrente, algo que parece una tontería, pero que me inspira mucha curiosidad.
Son tiempos difíciles. A veces ardo el ganas de tomar en mi mano un lápiz, boli, rotulador o lo que sea y escribir una palabra cualquiera, algo que se me pase por la cabeza, en letra pequeña y cuidada sobre la pared. Una y otra y otra vez. Hasta llenarla. Una y las cuatro. Y recordar. Leer recordando cada letra, pero sin borrar, solo buscando un espacio que tras años parezca haber desaparecido.
Invisible, en tornas, quizá. El deseo se acaba y apaga su brillante fulgor cuando a mi mente llega el recuerdo de la pared, que aún encerrándome, no es mía.
Pese a que en ella ya pegué ciertas decoraciones, es simple celo, pese también que en ella hay agujeros, solo que no los hice yo.
El deseo de llenar las paredes de palabras, de frases. De citas de los cientos de libros que han pasado por mis manos, frases traducidas de canciones, frases mías y palabras sueltas.
Pero no puedo hasta que las paredes sean de mi propiedad. Como siempre mi madre promete cosas y prometió que este verano tendremos una bonita casa allá lejos en el campo, que mi habitación será mía y que podré decorarla a mi manera, que tendremos jardín y que todas las tardes se nos llevará a la piscina casera que poseeríamos. Ni me lo creo, ni me lo quiero creer. Es decir, el verano es una estación horrible y mi madre una redomada ilusionista. Te hace creer muchas, infinitas cosas y luego, al final, algo en ella misma falla y la cortina de humo se quita para que puedas recibir la bofetada de la realidad.
Como digo yo, pide mucho: quiere una casa de cinco habitaciones y dos baños, con cocina moderna, jardín detrás, garaje, desván, gas con bombona de once litros, que no haya mucho que reformar, pero que pueda cambiarla a su gusto, por menos de cien mil euros y cerca de la población para hacer las compras a diez minutos de casa, pero lejos para que no pueda oír a los coches ni a la gente. Quiere un castillo en una isla y por un euro. Siempre se lo digo. Aquí donde vivimos jamás se ajustará a lo que quiere, nunca se asentará. Si no calculo mal, en estos menos de dieciocho años de mi vida he habitado en más de ocho pisos en un radio de ocho km los unos de los otros. Y he ido a igual número de colegios. Además de haber visto rechazadas al rededor de ciento cincuenta casas y pisos.
Es una inconformista. Es una maniática, es una loca. Y sus hijos estamos siguiendo su rumbo, un rumbo tan mal trazado que dudo que ninguno de nosotros salga derecho de él, y si salimos, será lo mejor que nos podría pasar.
Suerte tienen las personas que conozco que de lo que se quejan es de estar castigadas sin algo una o quizá dos semanas.
Por eso me asquean la mayoría de las telebasuras del día. Todas van de familias o ricas o acomodadas o ambas cosas y sus aventuras solucionadas en un abrazo. Y yo muriendo del asco contando que estuvimos de septiembre a febrero en la casa de la calle de abajo, en marzo estaba aquí asentada, llega la cuarentena y mi madre busca casas para que al terminas junio podamos empezar una nueva mudanza. No sé para que desempaco mis cosas.
Ni sé para que decoro mi cuarto, ni hago amigos. Lo único bueno es que aprendí a no aferrarme a mi entorno, no encarnar amistades, no acomodarme en un cuarto y no enfadar a los profesores hasta tener por seguro que nos mudamos.
Manual de la vida.
Dicen que los niños con las infancias más rotas son los más artistas, de los cuatro hermanos que somos, al pequeño le van a a caer muchas, a la pequeña le esperan algunas, al mayor ninguna por que siempre logra escabullirse y a mi... Yo ya me las comí todas... ¿Soy artista ya?
No me veo de artista, ni me noto inspirada.
Lo que espero, no como los privilegiados, es llegar a los diecinueve bajo un techo.
No se que esperáis los lectores.
NO tengo tiempo de bobadas adolescentes, ni amor, ni fiesta. Solo futuro.
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