simple ataque de ansiedad

No me lo puedo creer, jamás pensé que esto me pudiera pasar en la cuarentena, ha sido horrible. Muy horrible.
Antes, cuando iba al instituto si, me pasaba, muy a menudo, por tonto que parezca no tenía nada que ver con los estudios en realidad, sino con la gente.
Os estaréis preguntando de lo más confundidos: ¿Qué es?
Bien, ataques de ansiedad. En el caso del instituto provocados por terror. ¿Terror a qué? A la gente. Me escondía cuanto podía y me ausentaba de las clases con contacto físico o colectividad de alumnado; Como Educación Física.
Para calmarme, cosa que gracias al cielo, vacío de algún dios o fuerza especial, pude aprender, me escondía en el baño y dejaba que la vergüenza que se puede llegar a pasar si te escuchan fluyese por mi cuerpo. Sencillo y para mí, un intento de ser invisible, efectivo.
Como ya se sabe, un ataque así trae consecuencias, como llorar, desconcertarse, dolor de cabeza, represión del pecho y dificultades para respirar. O en mi caso es eso.
Bueno, pues jamás, nunca pensé que me pudiese pasar en la cuarentena y menos después de mes y medio de encerrona bastante llevadera.
Fue de lo mas raro.
Estaba en la cocina, fregando los platos y recogiendo la propia cocina porque estaba algo sucia, mi hermana estaba comiendo detrás de mi, en la mesa, todo estaba en silencio, puesto que el pequeño de la casa dormía y el niño mayor (más pequeño que yo) barría la sala  y recogía los juguetes tirados.
Hasta ahí todo bien.
Entonces llegaron mis padres, que empezaron a revolverlo todo, hacer ruido, llenar de bolsas la cocina, gritar, dar ordenes, mandarnos callar y echarme de la cocina, incluida a mi hermana a la que le echaron una reprimenda y fue triste a dormir su siesta.
Hasta ahí todo bien.
Decidí ir a mi cuarto y cerrar la puerta, abrí la ventana y comenzó todo. Yo aún no entendía que estaba pasando pero ya lloraba.
Había una frase en mi cabeza, solo una, "tienes que salir de aquí", pero no de casa, ¿De dónde?, sin respuesta. Todavía no sé de donde. Ni sé por qué me pasó, ni cuando acabó. Sigo temblando, me duelen los ojos, me duele la cabeza.
No sé nada, solo sé que miraba mi cuarto e iba a peor, escuchaba sus voces en la cocina y peor, miraba por la ventana y peor. Solo cerré los ojos y me balanceé a los lados y desapareció.
Luego contacté con mi orientadora, que por protección de datos llamaremos Laura.
Me dijo que se lo dijera a mi madre, que tomara contacto de mi salud, que podría cambiar algunas cosas. No confío en mi madre, nada de nada. No digo que sea mala, ni nada de eso, depende de como lo quieras ver, pero no hay confianza. Desde pequeña lleva rompiendo la barrera de confianza que comenzaba a surgir de manera constante.
No sabe de mi vida más de lo que ha conseguido haciendo eso de robarme contraseñas y leyendo mis mensajes, la culpo por sobreprotectora, y la disculpo a medias por madre. Creo que jamás le contaré nada. Pero esto no es un secreto, ¿No?
Es como cuando le dije: SOY VIRGEN Y LO SERÉ MUCHO TIEMPO. Aquí estoy cumpliendo (Nota de autora de 20 años: sigo cumpliendo).
Daré ejemplos:
Aún no me deja salir sola a la calle, eso constante pero las hay peores, recuerdo tres, fatales, las contaré por orden cronológico, aunque dos de ellas sean relativamente cercanas al hoy.
Cuando adquirí teléfono a los doce años, ella controlaba mis mensajes diariamente y controlaba que yo solo lo usase media hora los sábados. Lo comprendo por que era pequeña. Pero no acaba ahí, sino que más adelante, ya con catorce empecé a usarlo más, también Instagram. No me dejaba tener amigos varones, ni que enseñara mi cara en internet de ninguna manera, y siempre me decía que a los quince iba a tener un hijo por guarra y por puta. Eso me lo llevaba diciendo desde que iba en cuarto en la primaria y cada año que veía que su profecía no se cumplía, aumentaba un año más. Aún ahora.
La segunda fue en segundo de secundaria. Suspendí por primera vez una para septiembre, comenzó a decirme que iba a repetir. Tanto lo dijo desde aquella que en tercero estuve a punto y en cuarto me lo creí y estoy repitiendo.
La última fue este año. Le di una autorización para ir al teatro con el instituto. La firmó solo tras decirme que por la tarde era raro, que no confiaba y que se iba a preguntarle a Laura, la orientadora. Yo solo quería ir al teatro. De siete a nueve. Me dejó ir y antes de que yo llegase andando al instituto ella estaba ante la puerta, en el coche, echándome un discurso de que allí no había nadie y de que era una mentirosa. Me quedé en el instituto con unos compañeros esperando el bus. Pasó media hora y mi madre entró gritando delante de todos que no había ninguna excursión ni bus. Habló con un profesor que nos acompañaba que le dijo todo y ella se quedó con cara de tonta, pero no se fue de allí sin antes llamarme gorda delante de todos y cada uno de los asistentes.
Ahora entendéis por qué no confío.
Las hay peores y menores, pero nunca pasa una semana sin que alguna de estas pase.
Por lo cual me sorprende que solo en el instituto me pasaba por que me daba asco y miedo la gente (eso si lo comprendo) y no veo la razón de mi ataque de hoy.
Pero se lo voy a contar por Laura. A ver de que manera pretende humillarme esta vez y así tendré sobre lo que escribir.

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