pienso luego existo

Hace un día perfecto, de lo más maravilloso.
He salido de mi cuarto en busca de comida y me he quedado embobada ante el gran ventanal al fondo de la cocina. Asombroso.
La pena: que no cantan los pájaros, ni uno solo ha decidido mostrarse por el día que hace.
Abrí pues un poco la ventana, ni siquiera más de un par de dedos de distancia y me empapó el olor y la humedad del viento. Hay un fuerte y agresivo viento.
Las nubes taparon por completo el cielo, es un gris abrumador, un tono entremezclado con otros y muchas arrugas, pero el cielo no se ve.
Huele a gaviotas, huele a mojado y sobre todo huele a frío.
Me gustan este tipo de días en que el sonido de la lluvia choca en el tejado del bloque de edificios en el que estoy, creando eco en los desvanes, que tan cerca están de mi hogar.
Solo hay una cosa que me guste más que la lluvia, su frío y su oscuridad ante el sol. Solo una. Salir. Correr sin paraguas, enfundada en un chubasquero rojo de tela fina, que el pelo mojado y goteando que  te caiga sobre la cara y que las pestañas te pesen tanto como la ropa y los inundados zapatos. Sentir el penetrante frío en los huesos, que acaban mostrándose tiesos. Llorar y que no se note. Dejar de notar siquiera que posees manos. Nadar en las manchas de barro, hechas por los charcos de barro. Y respirar, aquí en Galicia, respirar la ligereza del mar, que tan cerca vive de mi, que tan fuerte es su presencia que cuando te acercas la nariz se te queda salina.
Por el gusto que me produce he abierto la ventana, ya tengo los sugerentes escalofríos que el apuesto frío me tenía preparados.
Si, también he subido la persiana, la cual chirrió ante su olvidada función. Hoy escribo con luz natural.
Miro inmersa en mis pensamientos por la ventana, ante mis ojos pasan unos pocos coches que levantan el agua a su paso, los barcos son movidos por las pequeñas olas, los pájaros vuelan silenciosos y los profundos agujeros se llenan de salpicaduras. Pero yo no lo estoy viendo en realidad, tengo más cosas en la cabeza.
Por pensar, pienso en que será de mi, solo que ni por asomo estoy pensando.
Simplemente no existo, porque pienso luego existo. La frase es de lo mejor, muy inteligente. La escuchamos a menudo pero apenas nos paramos sobre ella. Me di cuenta que aquí, aún con el cuerpo lleno de estímulos humanos, con los ojos desenfocados y con los sonidos sordos de mi alrededor, yo no estaba existiendo. Tenía la cabeza vacía, el cuerpo desconectado, el espacio de mi alrededor me devoraba. Logré ser lo que tanto tiempo atrás anhelaba, la nada.
De todas formas, siendo nada, seguía siendo todo. Aún dejando de existir yo perduraría. Mis recuerdos, fotos, objetos materiales sin valor, mis objetos materiales con únicamente valor sentimental, mi gente, mi cuerpo, todo estaba ahí, todos sabían que estaba ahí. Excepto yo, que no sé nada.
Un corto apagón cerebral en el que el tiempo para mi se había detenido y después, desperté. Lo hice para escribir. Por que escribir, bien o mal, para mí, es mi pasión. Me imaginé entonces a mi profesora de valores éticos del año pasado leyendo esto, me la imaginé gustándole, ¡Gustándole! Cuando todo lo que yo hacía no le gustaba. Imaginé tomándome referencia y que tan solo uno de sus alumnos sepa quien está tras esta pantalla. Que él me lo contaría y que a mí se me escaparía una sonrisa. Luego cambié el escenario, miré a mi profesora actual de dicha materia, ella sonreía y se lo tomaba en serio, pero yo ya no sonreía, porque el hecho de que se alegren de un esfuerzo no conseguido de verdad, no era satisfactorio.
Solo ahí decidí existir, y escribir, y poder decir ESA SOY YO.  Y por lo cual, pensar, pensar más que dormir, pensar por gusto, imaginar y abrir los horizontes tan estrechos que había decidido ponerme.
Por que a lo mejor mi sueño se cumple y alguien que lee esto contacta conmigo por que le gusta lo que escribo y hablamos, hablamos mucho.
Por que mis sueños siempre son pequeños para poder cumplirlos.

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