estúpido verano

Hola.
Veo que muy poca gente lee en realidad mi blog, eso no puede deprimir mi estado más de lo que ya está y por eso no me preocupa, pero lo noto y está presente.
Ahora cambiemos de tema, aquí no pretendo ganar fama, solo desahogarme, dejar mi huella en un nefasto mundo.
Como decía, hace un par de días me dio por mirar ventana a través, cosa que no suelo hacer por qué mi persiana suele estar bajada, pero por alguna razón lo hice.
La cosa fue que un ambiente de lo más veraniego me asestó una pequeña sonrisa, que me gustó y me puse a recordar las cosas que me recuerdan al verano; entre ellas felices y tristes por igual.
De sopetón me vino a la mente la imagen de un bollo de crema, fresco y dulce, un recuerdo de cuando era no más que un infante, supongo. Después pude ver con toda cantidad de detalles a mi, después de salir de la piscina hidratándome el cabello con una crema que, aún triste, olerla  me lleva a las aventuras vividas el año anterior.
El olor del mar en cambio solo me agrada por la noche, ya que durante el día lo tengo cerca y es un olor nauseabundo, desagradable.
También está la crema solar, que es un revoltijo de pensamientos, sé que hay con ella buenos recuerdos que al fin y al cabo, son de la niñez. La crema solar no solo de esa manera sino que de otras me evoca torpezas y peleas, cosas que aunque quiera evitar, siempre permanecen ahí.
A vosotros, que el cloro no os provoca visión alguna, para mi es un desafío por qué, en primaria, o mejor dicho desde siempre, tuve un miedo terrible a meter la cabeza bajo el agua. En la primaria, una monitora con poca paciencia me hundió con fuerza provocándome llanto feroz y que no volviese a aparecer en su curso. Un año después otro monitor hizo lo mismo. Hasta la ESO no quise volver a querer nadar.
Con poco menos, el sol me provoca quemaduras graves de manera rápida. Por mucho que haya intentado ya, es imposible, mi piel es débil y yo me rendí al respecto, apenas salgo si puedo evitarlo.
Odio la arena.
Adoro los polos de mandarina y limón, el sorbete, el granizado. 
Las siestas son lo mejor cuando el sudor no te permite moverte y un leve sol te da en la espalda sobre la camiseta.
Lo único que anhelo es poder tener un árbol, ni grande ni resistente es necesario, solo... solo que produzca bonitas sombras en el césped, para que en ellas yo pueda leer hasta dormir y despertar en los días calurosos y soleados con bichos en el pelo. No es tanto pedir cosas que no se me conceden.
Por ejemplo, se me antoja ahora bastante a menudo levantarme con el sol y en sus primeros rayos del alba, captar el olor de la humedad y el frío de la madrugada. Pero pensarlo es agotador, igual que coincidir en dichas horas con el deseo.
Por ahora esto es todo lo que he de decir sobre el verano.

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