psicología y un cuerno

Hola de nuevo
La cuarentena me provoca aburrimiento, escribo por escribir
He estado hablando con mi orientadora, pero eso no llena todo mi tiempo y siento que esto me ayudará más a mi que a ningún lector, en realidad.
Sobre mi orientadora, es una mujer muy buena, de buena maña, siempre revosante de sonrisas, para mi quizá es demasiado ánimo, pero alegraría cualquier otro ser de este mundo.
Cuando hablo con ella, a veces recuerdo que tuve otra, la otra, como por mis palabras se puede identificar, era un desastre.
La mujer, siempre distraída, nunca se habría parado ante un alumno si no fuese por que la directora se los mandaba de lleno y sin petar a su despacho. Nunca se centraba en nada, pasaba largos silencios esperando a que saliera de su universo en la luna para que pudiese hacerme la pregunta de mi estancia en su sala pequeña, apartada, húmeda, fría y gris.
Sus preguntas no llevaban a nada, no descubrían secretos, eran lo suficiente superfluas como para responder con monosílabos, que estabas bien y que querías irte.
Estuve en su despacho con ella 2 veces. Yo, que soy una persona sumamente desordenada frente a la capacidad que tengo para controlar mis problemas mentales, logré convencerla tan bien de que no me pasaba nada que nunca volví.
Luego vino una suplente, solo estuvo dos meses, era pelirroja y llenó el aula con sus chaquetas, mantas y mochilas dando el toque de color que la hacía parecer  una clase para orientación. Me llamó al menos dos veces por semana, cosas cortas, pero directas, se fue sabiendo que yo no estaba bien. Nunca volví a verla, doy gracias, y le agradecí su esfuerzo. Cuando seguí los tres años que me quedé en el centro, fue sin volver a ese aula.
Solo que la orientadora que poseo actualmente es mucho mejor, me explico, tengo su email, se preocupa por mi en vacaciones y fines de semana, me llama a menudo, nunca quita esa sonrisa ladeada suya. No sé, es diferente. Tiene una clase mas grande y potente, dos mesas largas, siete sillas, tableros llenos de hojas de colores y pompones. Da la sensación de acomodarte allí horas sin saber ni por qué estas allí y aunque solo va por voluntad propia lo de querer abrirte, ella y su ambiente te empujan a ser afirmativo ante tus problemas. Quizá nunca lea esto, no me importa mucho, se de sobras que no me hace falta que lo lea para sentirme liberada de tales pensamientos.
Solo pensarlos me atropella. Alguna vez, en cama, antes de dormirme, me vienen preciosas, poesías que por pereza a apuntar, se desvanecen para siempre.
Va, aquí va una de la cual recuerdo extractos. Ni siquiera es poesía
Pastosas las agrias nubes que recorren la estancia, desde mis pulmones hasta la puerta del salón. Espesa e intocable la constancia, de dicha intocable sustancia. no, no es humo, sino el vaho largo y segundero que sale sin el olor del aliento. Es la congelación constante del recuerdo de que mi alma es fría, por qué en ella vivo y de ella me colgaré siempre.
No recuerdo más.

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