Tenía la vaga esperanza de poder olvidarlo, pero algo me lo impide.
Desde ese fatídico día en que las palabras se entrecortaron y se atragantaron callando la conversación, he pasado un largo camino.
En parte doy gracias, pero hay veces que me gustaría volver atrás en el tiempo y cambiar el destino en el que surgió tal suceso. Solo que esperanzas de eso si que no guardo.
Recuerdo cuando pasó, fue el peor de todos, fue el más doloroso, fue el más humillante. Aún así yo no quería verlo. Cruzaba las calles, saltaba las clases y vivía un límite que nunca había vivido con la intención de contentar el destino que debió enfadarse conmigo.
Al principio todo dolía, fue darme cuenta de lo que estaba pasando y querer llorar, olvidé como se sentía alguien feliz durante mucho tiempo. Me levantaba en las mañanas con lágrimas en los ojos, escuchaba las canciones del bus con total melancolía, veía los buses, los kebab, recordaba las calles que antes recorría y todo dolía.
El desastre borró su existencia de la mía como sí no fuera a darme un puñetazo de dolor con la supuesta desaparición. No desapareció, siguió demasiado presente, tanto que las horas no pasaban, no podía dormir, no podía estudiar, no sabía sonreír.
La música fue, durante un buen tiempo, un enemigo, ya que todas mis canciones sucedían en el momento en que el suceso se desenvolvía, para posteriormente volver a sonar cuando ya no estaba pasando. Recordándome cada uno de los momentos. Recordándome el trauma que hoy ya casi no tengo.
Un fantasma, un espíritu, durante meses me distraía de como debía vivir, acristalándome los ojos incluso en las clases y en las comidas.
Pasaron esos meses, y fui olvidando cosas, detalles que me hacían perder la sonrisa se disiparon y ya no los recuerdo. Cosas en las que me fijaba dejaron de tener importancia. Llené mi tiempo socializando con cientos de personas a la semana en decenas de apps con pasado en mí; y sexualizándome por aburrimiento. Permitiendo que los hombres liderasen mis tardes, me ilusionasen con falsas amistades y me humillasen como lo hizo el trauma.
Ahora ya solo lo recuerdo muy de vez en cuando, un par de veces al mes como mucho, a veces ninguna.
Ayer, cuando se supone que soy feliz, cuando se supone que ya no recuerdo ese dolor, volvió a mi mente y sentí rabia, desapego, odio, pero también pena. Entonces me odié por que esa pena solo hace que no pueda disfrutar de lo que tengo. Que, en parte, esté despreciando eso que poseo. Y adoro lo que conseguí poseer.
Ahora me muerdo las uñas por culpabilidad, dándome cuenta de que, como yo, pensarán todos. Es normal recordar el trauma, sobre todo aunque no te genere nada de nada.
Tengo la extraña sensación de que cuando de la nada dejo de sonreír es por que mi mente sabe que el trauma, que el suceso, aún pervive en alguna esquina. Y eso me jode mucho. Por que cualquiera diría que no lo tengo superado, cuando en realidad si está superado, solo está la diferencia de que los recuerdos no se van de un día para otro.
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